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Por favor, Emprendedores, basta de VAN y TIR

Tanto mis alumnos de posgrado como los emprendedores que voy conociendo demuestran casi sin excepción un amor desmedido por dos conceptos financieros. A saber, el VAN y la TIR. Ambas son métricas empleadas en la valoración de inversiones. El VAN es el “valor actual neto”, entendido como la diferencia de los flujos de caja descontados generados por el proyecto menos la inversión necesaria para obtenerlos. Si el VAN es positivo, dice la teoría, el proyecto genera valor y hay que invertir.

La TIR es la tasa interna de rentabilidad. En pocas palabras es el porcentaje que iguala la inversión con los flujos de caja. Es decir, que hace el VAN igual a cero. Dada una rentabilidad objetivo R, si la TIR es mayor que R entonces hay que invertir.

Pues bien, no ocurre siempre, pero sí es frecuente que algunos planes financieros de emprendedores te calculen un VAN o una TIR. Y eso sí, cuando lo hacen las cifras son siempre desmedidas. Prometo solemnemente haber visto TIR superiores al 200% y VAN multimillonarios que deberían acarrear a su autor varios fines de semana de trabajos sociales sin posibilidad de recurso.

Hace unos meses un compañero mío de Universidad, prestigioso inversor y maestro en definitiva, Alejandro Santana, escribió en su blog un artículo muy recomendable sobre los abusos que se cometen con la TIR. Yo aportaré ahora un par de argumentos para terminar de desprestigiar el concepto (en su aplicación al emprendimiento) y convenceros de que no debéis usarlos en vuestras valoraciones financieras.

La TIR sirve para valorar proyectos de inversión, y hasta aquí puede ser válido para los emprendedores que dan entrada en su capital a un inversor. El inversor pone “X” euros hoy y en el futuro recibirá… y aquí se abre la veda. Algunos descuentan flujos de caja libres (enteros y verdaderos, como si el inversor fuera el propietario del 100% del capital) y otros descuentan beneficios (12 fines de semana de trabajos sociales). Ninguno o casi ninguno descuenta dividendos o plusvalías derivadas de la desinversión que son las dos únicas fuentes de caja que podría esperar el inversor en cuanto tal.

Pero, ¿qué dividendos? ¿Qué plusvalía? “Es que es muy difícil de estimar...”, me dirán. Pues claro, por eso es mejor no hacerlo. “Sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar”, dijo un tipo muy listo llamado Ludwig Wittgenstein.

El colmo de la caradura financiera no ha llegado aún. Llega cuando el emprendedor apalanca arbitrariamente la empresa para reducir la necesidad de financiación y así disparar la TIR. En otras palabras, supone que la empresa asumirá una deuda “X” que minora la necesidad de financiación. Efectivamente, si a igualdad de rentas futuras disminuimos la inversión necesaria, la TIR aumenta por arte de magia. Suelen olvidar estos aguilillas reducir el porcentaje de rentas que percibirá el inversor como consecuencia de su menor aportación dineraria (ay, ay, ay).

Por no decir que en la gran mayoría de los casos la deuda se asume (si es que se consigue, que está por ver) gracias a la entrada del inversor, por lo que algo hay que valorar ahí.

Me he extendido demasiado. Otro día me doy de patadas con el VAN.

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